El bahiense que conquistó la NBA, ganó el oro olímpico y transformó para siempre la historia del básquet argentino cumple 49 años. Un recorrido por la vida de Manu, la leyenda que se construyó desde abajo.
Salón de la Fama. Manu Ginóbili, consagrado entre los inmortales.
Hay historias que empiezan con un trofeo; otras, con un gol. La de Emanuel David Ginóbili comenzó mucho antes, en una pared de azulejos de una casa de Bahía Blanca, donde un chico esperaba cada semana que su padre apoyara un cuchillo sobre su cabeza para descubrir si había crecido unos milímetros más.
El ritual era siempre el mismo. Jorge “Yuyo” Ginóbili tomaba el cuchillo, lo apoyaba sobre el cabello de su hijo menor y marcaba una línea en la pared. Emanuel bajaba la vista y buscaba con ansiedad la diferencia respecto de la marca anterior. A veces existía; muchas otras, no. Entonces llegaba la frustración.
Soñaba con vivir del básquet, pero también sabía que los sueños suelen medir en centímetros. Sus hermanos, Sebastián y Leandro, crecían con naturalidad: él no. Mientras el resto imaginaba campeonatos, Manu imaginaba estirarse. Se medía una vez por semana, consultaba médicos, tomaba levadura de cerveza convencido de que podía ayudarlo y, como tantos chicos enamorados de la pelota naranja, salía a la calle intentando tocar con la mano las chapas de los techos. No buscaba hacer una travesura: quería convencerse de que algún día también llegaría más alto.
Resulta imposible entender al Ginóbili que conquistó el mundo sin detenerse en aquel adolescente que convivía con el miedo de no crecer nunca.
Bahía Blanca era el escenario perfecto para enamorarse del básquet. En esa ciudad del sur bonaerense el deporte no era solamente una disciplina: era una tradición que pasaba de padres a hijos. Las conversaciones familiares giraban alrededor de una cancha, un entrenamiento o un partido del fin de semana. El Club Bahiense del Norte era casi una extensión de la casa de los Ginóbili: allí había jugado su abuelo, allí trabajaba su padre y allí también crecieron los tres hermanos.
En la habitación de Emanuel convivían los pósteres de Michael Jordan, viejos casetes con partidos de la NBA y una ilusión que todavía parecía demasiado grande para su cuerpo. Mientras millones de chicos soñaban con ser como el número 23 de los Chicago Bulls, él observaba cada movimiento con una atención obsesiva. No copiaba únicamente las jugadas: estudiaba la manera de competir.
Sin embargo, el destino todavía parecía tener otros planes.
Cuando se confeccionó la selección de cadetes de Bahía Blanca, Manu quedó afuera. La explicación era sencilla y brutal: era demasiado bajo. El golpe fue devastador. Sus padres ya habían organizado el viaje para acompañarlo en el torneo y, cuando escuchó uno a uno los nombres de los convocados sin que apareciera el suyo, sintió que el sueño comenzaba a desvanecerse antes siquiera de haber empezado.
Años después recordaría aquel momento sin rencor, casi con ternura. “La verdad es que no era tan bueno”, admitiría entre sonrisas. Pero esa respuesta pertenece al Ginóbili consagrado. El adolescente que regresó a su casa aquel día no sonreía. Dudaba. Lloraba. Y volvía a mirar la pared donde seguían apareciendo, obstinadas, aquellas marcas de un crecimiento que parecía no alcanzar.
Tal vez allí comenzó a forjarse el rasgo que terminaría definiendo toda su carrera. No fue el talento -porque había otros tan talentosos como él-. Tampoco la velocidad ni la capacidad para inventar jugadas imposibles. Fue otra cosa: la costumbre silenciosa de responder a cada frustración trabajando un poco más que el día anterior.
Fuente: Agencia DIB